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Gracias al insomnio Kafka escribió en un estado de sueño lúcido y alucinación consciente

Libros

Por: pijamasurf - 12/29/2017

¿El insomnio como fuente de creatividad? Así ocurrió con Franz Kafka

Franz Kafka se cuenta siempre entre los grandes escritores del siglo XX, en especial porque, como otros en su tiempo (James Joyce, Marcel Proust, o Virginia Woolf), fraguó una obra que, al mismo tiempo que mostró una nueva forma de hacer literatura, sirvió como medio de expresión de la subjetividad de su época.

En otro aspecto, Kafka pasó a la historia también por la leyenda que se formó en torno a su persona. Quienes conozcan algunos detalles de su vida o se hayan acercado a su obra, posiblemente tengan la idea de un hombre de salud quebradiza, siempre sufriendo por alguna razón, capaz de imaginar escenas un tanto siniestras u opresivas pero de todos modos elocuentes. 

Parte de esa leyenda también es el insomnio habitual que Kafka padeció, especialmente en sus años de madurez y que, en su caso, es indisociable de la escritura. De hecho, en un episodio que cuenta en sus diarios y sus críticos y estudiosos citan de tanto en tanto, el primer cuento que Kafka escribió y que encontró verdaderamente literario fue resultado de una noche pasada en vela, escribiendo incesantemente, y de la cual emergió también entre lágrimas, temblores y quizá alguna hemorragia nasal menor. 

La escena puede parecer exagerada, pero además de que no es la única en las referencias sobre su vida, una investigación reciente ha puesto de nuevo a discusión la utilidad que la imposibilidad para dormir reportó a Kafka en términos literarios. 

En particular, los investigadores Antonio Perciaccante y Alessia Coralli publicaron hace poco en la revista The Lancet Neurology un artículo sobre el efecto del insomnio y la parasomnia en la obra creativa de Kafka. 

Entre sus observaciones, Perciaccante y Coralli se detienen con especial atención en el efecto un tanto hipnótico o alucinatorio que la privación de sueño pudo generar en Kafka, mismo que se transformó en algunas de las “visiones” que pueblan sus escritos. Por la manera en que Kafka habló de su dificultad para dormir (especialmente en sus cartas y sus diarios), los investigadores creen que el autor checo encontró una inesperada fuente de expresión y creatividad en ese instante específico en que el sueño parece sobrevenir sobre nosotros, esa frontera un tanto vaga entre la realidad de la vida diurna y la vida onírica, entre la conciencia y la pérdida de esta y en la cual pueden llegar a surgir algunos de los pensamientos más sorprendentes. Según Perciaccante y Coralli, Kafka encontró la forma de mantenerse ahí, de sostener ese estado ambiguo entre vigilia y sueño y usarlo para escribir. En una entrada en su diario del 2 de octubre de 1911, escribió:

Noche de insomnio. Es ya la tercera de la serie. Me duermo bien, pero una hora después me despierto como si hubiese metido la cabeza en un agujero equivocado. Estoy totalmente desvelado, tengo la sensación de no haber dormido nada o de haberlo hecho sólo bajo una fina membrana; de nuevo veo ante mí el trabajo de volver a dormirme y me siento rechazado por el sueño. Y desde este instante hasta cerca de las cinco, transcurre toda la noche en un estado en el que realmente duermo, pero a la vez me mantienen despierto unos sueños de gran intensidad. Duermo literalmente junto a mí, mientras yo mismo tengo que andar a golpes con los sueños. Hacia las cinco, se ha consumido el último rastro de somnolencia, y ya sólo sueño, lo que resulta más fatigoso que estar en vela. En resumen, me paso toda la noche en el estado en que se encuentra una persona sana unos breves instantes, antes de dormirse realmente. Cuando me despierto, todos los sueños se han congregado en torno a mí, pero evito pasarles revista en mi memoria. […]

Creo que este insomnio se debe únicamente a que escribo. Ya que, por poco y por mal que escriba, estas pequeñas conmociones me sensibilizan; especialmente al caer la noche, y más aún por la mañana, el soplo, la inmediata posibilidad de estados más importantes, más desgarradores, que podrían capacitarme para cualquier cosa, y luego, en medio del fragor general que hay en mi interior y al que no tengo tiempo de dar órdenes, no encuentro reposo.

Y un par de días después:

Por otra parte, anoche me insensibilicé intencionadamente, salí de paseo, leí a Dickens, luego me sentí algo mejor y había perdido la energía para la tristeza, una tristeza que consideraba justificada, aunque también me parecía verla algo más apartada de mí; ello me daba la esperanza de dormir mejor. Efectivamente, el sueño fue un poco más profundo, pero no suficiente, y menudearon las interrupciones. Para consolarme, me dije que, de hecho, había vuelto a reprimir la gran agitación que hubo en mí; que sin embargo, no quería abandonarme, como me había ocurrido siempre después de semejantes períodos, sino que quería permanecer consciente de los últimos vestigios de aquella agitación, lo que anteriormente no había hecho nunca. Tal vez así pudiera hallar en mi interior una firmeza oculta.

¿Fue el insomnio una extraña manifestación de esa “firmeza oculta” que buscaba Kafka?

 

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Imagen: Robert Crumb

Este es el criterio indiscutible para distinguir los buenos libros de los malos libros (según Virginia Woolf)

Libros

Por: pijamasurf - 12/29/2017

Con sensibilidad y sabiduría, Woolf nos invitar a experimentar la lectura como un estímulo para nuestra vida

Establecer la diferencia entre “buenos” libros y “malos” libros será siempre polémico, en buena medida porque dichos adjetivos son tan generales que tienden a la ambigüedad y, por otro lado, porque es difícil desprender de ellos la carga moral con la que usualmente se asocian.

En efecto, al hablar de cosas buenas y cosas malas casi de inmediato pensamos que se trata de una cualidad esencial de aquello que calificamos y que, además, lo bueno parece ser por sí mismo recomendable y lo malo deleznable.

De ahí la reticencia que muchas personas experimentan frente a una clasificación de este tipo, sea porque “bueno” y “malo” son palabras pobres para condensar una opinión o porque pretenden expresar un juicio personal y, por ello, limitado e incluso cuestionable.

Aun así, no menos cierto es que con todas las críticas que pueda recibir la división elemental entre bueno y malo, ésta ya es un inicio, un punto de partida o de referencia que, como en los mapas y en la geografía, nos permite navegar por los mares usualmente confusos y revueltos de lo humano. Por ejemplo, los libros.

En un apunte fechado en 1924, Virginia Woolf se preguntó qué hace “buena” o “mala” a una novela. Su respuesta, contrario a lo que podríamos suponer, es más bien sencilla y directa, no sólo por la forma en que está enunciada sino, sobre todo, por el criterio al cual apela para hacer tan difícil distinción. Veamos:

Una buena novela es cualquier novela que le hace a uno pensar o sentir. Tiene que meter el cuchillo entre junturas del cuero con el que la mayoría de nosotros estamos recubiertos. Tiene que ponernos quizás incómodos y ciertamente alerta. El sentimiento que nos produce no tiene que ser puramente dramático y por lo tanto propenso a desaparecer en cuanto sabemos cómo termina la historia. Tiene que ser un sentimiento duradero, sobre asuntos que nos importan de una forma u otra. Una buena novela no necesita tener trama; no necesita tener final feliz; no necesita tratar sobre gente simpática o respetable; no necesita ser lo más mínimo como la vida tal como la conocemos. Pero tiene que representar alguna convicción por parte del escritor. Tiene que estar escrita de modo que transmita la idea del escritor, ya sea simple o compleja, tan fielmente como sea posible. No tiene que repetir aquello que es falso o trillado simplemente porque al público le resulta fácil mascullar una y otra vez sobre lo falso y lo trillado.

Todo esto se refiere a las novelas escritas en el pasado. Es imposible estar seguro de cuáles serán las características de una buena novela en el futuro. Las novelas contemporáneas nos sorprenden a menudo por ser muy distintas de aquello que hemos aprendido a admirar y crean una belleza que, al ser tan distinta de la antigua, resulta mucho más difícil de apreciar. Pero lo contrario también es cierto; algunas de las mejores novelas también se han hecho inmediatamente populares y del todo fáciles de entender. El único método seguro de decidir si una novela es buena o mala es simplemente observar nuestras propias sensaciones al llegar a la última página. Si nos sentimos vivos, frescos y llenos de ideas, entonces es buena; si quedamos hartos, indiferentes y con poca vitalidad, entonces es mala. Pero estar seguro de lo buena que es una novela y el tipo de virtud que tiene resulta extremadamente difícil. El mejor método es leer lo antiguo y lo nuevo uno al lado del otro, compararlos y así desarrollar poco a poco un criterio propio.

En pocas palabras, Woolf nos invita a experimentar la lectura también como una forma de autoconocimiento. Más allá de los criterios culturales, de los cambios que la marcha de la historia trae consigo, de la tradición o de otros elementos que pueden tomarse en cuenta, la valoración última corresponde al propio lector. 

Todo aquello que nutre nuestra vida, todo aquello que nos da más vida, es “bueno” en un sentido muy amplio, y los libros no son la excepción.

 

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